GUERRA EN NUMIDIA

GUERRA EN NUMIDIA

Una vez, Masinissa, en el territorio maesulio (tribu de la que era príncipe) no le fue difícil recibir la adhesión de estos, la gente de Sifax huía al lado del rey quien reorganizaba sus fuerzas dentro de las fronteras de su reino natal. Allí, de nuevo con el apoyo y aliento de su esposa Sofonisbe y de los cartagineses, procedió a rearmarse alistando una nutrida hueste de hombres (en su mayoría sin apenas instrucción), con este aparente pero ineficaz ejercito, Sifax avanzo de nuevo contra Masinissa y los romanos que se encontraban, al parecer, no lejos de Cirta (en aquellos momentos bajo control de los massesulios). Acampados ambos ejércitos cerca el uno del otro, se cuenta que la batalla dio comienzo como una simple escaramuza ecuestre, un choque menor al que cada bando poco a poco fue agregando mas y mas tropas hasta que al final se combatió en toda regla. Al principio, mientras la lucha se encontraba limitada tan solo a la caballería, los mucho mas numerosos jinetes de Sifax dominaban el encuentro, finalmente hizo acto de aparición por los huecos abiertos por la caballería de Masinissa la infantería legionaria, que ofreciendo un frente solido y continuo a la caballería enemiga hizo a esta retirarse hacia sus lineas. Con el ejercito ya desplegado, Sifax se vio abocado al desastre, primero, su caballería, sorprendida por la súbita aparición de la infantería romana, perdió el compás, no pudiendo aguantar el choque con estos y luego, al divisar a lo lejos las águilas romanas, señal inequívoca de que el grueso del ejercito enemigo avanzaba contra sus lineas, provoco en lo africanos una total desbandada, la infantería tampoco aguanto si quiera la visión de la infantería romana avanzando, el ejercito se deshizo de esta forma sin apenas haber llegado a las manos. Sifax, que cabalgaba entre sus tropas intentando reorganizarlas, retenerlas, incluso llegando a primera linea para dar así ejemplo y vergüenza a sus tropas, se dio de bruces contra el suelo cuando su caballo cayo herido de muerte. Sifax fue así capturado y llevado ante Lelio y Masinissa. Tras la captura del rey , se desplomo su dominio sobre todo en la parte esta mas oriental de sus posesiones, Cirta se entregó y Masinissa pudo recuperar la totalidad del control del reino que le pertenecía amen de nuevas áreas arrebatadas a su eterno rival. La mayor parte del reino de Sifax siguió bajo control del hijo de este, Vermina, quien mantenía el contacto y la alianza con los cartagineses.

Marcho entonces Escipiòn sin tardanza, desde las Grandes Llanuras, sobre Carthago ante la cual presento las tropas en orden de batalla, los cartagineses, que no disponían ya de fuerzas para enfrentarse al romano en campo abierto, renunciaron al desafió y se limitaron a preparar un contraataque pero esta vez naval.

Carthago

Tras las noticias de la derrota en las Grandes Llanuras, de nuevo se vivió en el senado púnico una de esas tensas jornadas a las que últimamente estaban ya acostumbrados. El senado, reunido sin duda en carácter de emergencia, trato acerca de las medidas que ahora se debían adoptar. Tres fueron las medidas aprobadas: Primero, y a instancias de los senadores mas combativos, se haría uso de una vez de la flota de guerra que tan cuidadosamente se había estado preparando durante el invierno para atacar a la flota romana fondeada junto a Castra Cornelia, segundo, mandar a llamar de una vez a Aníbal (y a Magòn), el único general que disponía ahora de un ejercito competente y el único también en el que se tenían puestas las mayores esperanzas. Otras resoluciones se tomaron también en medio de fuertes discusiones y controversias, unos deseaban aprestar a la ciudad para un largo sitio, se decía que los romanos eran incapaces de tomar la capital y que de intentarlo seria fácil golpearles duramente durante el asedio, la facción de Hannòn también logro sacar adelante la petición de iniciar desde ya conversaciones de paz para tantear y, de ser posible, tratar de llegar a un acuerdo satisfactorio para ambas partes.

Todas estas medidas fueron aprobadas y rápidamente puestas en marcha, desde el mismo senado bajaron directamente a playa para hacerse cargo de sus ministerios ,los unos hasta el puerto militar, Amìlcar dio orden de aprestar la flota de guerra que inmediatamente partió contra los romanos y el almirante Asdrùbal salió del puerto con otra escuadra pero en dirección al Bruttium, con la misión de traer a Aníbal a África ( ver (El fin de la guerra en Italia), otros fueron enviados a Liguria para ordenar a Magòn Barca regresar también a África con sus tropas y en la misma Carthago el general Hannòn emprendía la tarea de preparar las defensas de la ciudad en espera de los refuerzos de Italia.

ÚLTIMOS COMPASES DE LA GUERRA HASTA LA LLEGADA DE ANÍBAL A ÁFRICA

Aprovechando que Escipiòn había instalado sus campamentos junto a la ciudad de Tunis, el almirante cartaginés Amìlcar comando un ataque naval contra la flota romana fondeada en Castra Cornelia y que contaba tan solo con veinte embarcaciones de guerra para proteger un sin fin de buques de transporte. Como quiera que la salida y el despliegue de la flota de 100 navíos, que los cartagineses lanzaron sobre los romanos, se hizo de una manera cauta y sin resolución, Escipiòn pudo ser informado a tiempo por sus hombres del ataque que parecía avecinarse, envió de inmediato a correos a Castra Cornelia para comenzar los preparativos de la defensa y el mismo se puso en camino con una rapidez equidistante a la lentitud con que Asdrùbal desarrollaba su ataque «sorpresa». Siguiendo las ordenes de Escipiòn la defensa se preparo atando con cabos los barcos de transporte que llenaban el fondeadero, de esta forma creaba un solido dique de madera sobre el que emplazo a las tropas ligeras armadas con proyectiles y que fueron apoyados desde las fortificaciones de tierra y los barcos de guerra que se desplegarían tras los mercantes. La flota cartaginesa llego cuando el propio Escipiòn ya había asumido el mando de las defensas y estas habían concluido con éxito las tareas encomendadas. El ataque púnico, que de haberse realizado con mas rapidez y resolución habría supuesto un éxito completo, fue casi desbaratado por la eficaz defensa planteada por el romano, cuyas fuerzas apoyadas en la mayor altura de los mercantes se enfrentaban en principio con fortuna a las mas bajas y ágiles embarcaciones cartaginesas. Entre asalto y asalto púnico, los barcos de guerra romanos salían de entre las barreras de mercantes y atacaban a los cartagineses, pero por ultimo, por fin un ataque púnico se salió con la suya, se rompió uno de los eslabones de la defensa y los cartagineses consiguieron llevarse una larga cadena de mercantes unidos todavía por los cabos a los que Escipiòn, para bien y para mal, los había unido. Entre 60 y 100 barcos mercantes fueron así remolcados hasta Carthago consiguiendo con esta victoria restablecer, al menos un tanto, su maltrecha moral.

Llegaba ya el fin de la campaña y llegaron refuerzos navales romanos para, en lo sucesivo, poder evitar sorpresas como la precedente. Se bloqueo el puerto de Carthago y el de Ùtica, desde donde lanzaban los cartagineses frecuentes incursiones de piratería contra los mercantes, y de esta forma de nuevo volvieron los púnicos a sufrir severamente por el desabastecimiento.

africa

Escipiòn, que volvió ahora a retomar su plan de conquistar Utica, volvió a instalar sus maquinas de asedio contra la ciudad a la que de nuevo, seguramente, se sometió a duros ataques y asaltos. Por aquellos días, Asdrùbal Giscòn, una vez reunidas las fuerzas antes mencionadas, ofreció al general cartaginés Hannòn, a cargo ahora del ejercito púnico, realizar un ataque nocturno contra el campamento romano, el plan había sido diseñado gracias a la colaboración de unos soldados hispanos que militaban en las filas del ejercito romano, poco antes de llevar adelante el plan, los conjurados fueron delatados por un siervo ibero que, denunciandolo ante su señor, provoco que todos estos fuesen detenidos y ejecutados. No desespero entonces Hannòn, quien realizo un amago contra las tropas romanas que asediaban Utica, aunque sin resultados. El almirante Asdrùbal realizo por aquellos días un exitoso ataque a las lineas romanas capturando en la incursión un navío de guerra y seis mercantes que remolco a Carthago.

Escipiòn, dado que el asedio contra Utica no daba los resultados apetecidos y se prolongaba en exceso, resolvió cambiar de objetivo y dirigió sus fuerzas contra la ciudad de Hippo Diarrythus, siempre a la búsqueda de ese puerto que le permitiese mantener abiertas las comunicaciones con Sicilia. De nuevo se fracaso ante la ciudad y tras perder de nuevo un tiempo precioso, Escipión, sin duda harto ya de la guerra de asedio, decidió prender fuego a todas sus maquinas de guerra dedicandose a partir de entonces a saquear los territorios del interior en busca de botín y suministros. Por aquel entonces el interior del territorio cartaginés en África se encontraba ya exhausto y cansado de los años de guerra, sobre todo de los sacrificios exigidos por el estado durante la pasada guerra en Hispania, de esta forma, Escipiòn no encontró ya mucha oposición en la mayoría de las ciudades de la zona y entre las cuales pasaría seguramente el invierno.

Durante el impasse estratégico impuesto por la decisión cartaginesa de no combatir en tierra con los romanos, se impulso, como se había acordado en el senado, y por mediación de la facción terrateniente dirigida por Asdrùbal Erifo y Hannòn el Grande (siempre opuestos a la continuación de la guerra), una intervención diplomática seria para tratar de llegar a algún acuerdo satisfactorio que hiciese posible el fin definitivo del enfrentamiento bélico. A tal efecto, se acordó con Escipiòn la suspensión temporal de las hostilidades (los cartagineses pagarían ahora el mantenimiento del ejercito romano mientras durase la tregua). Los embajadores enviados a Roma llegaron quizás por entonces a la capital enemiga, y aunque no fueron recibidos dentro de las murallas como enemigos que eran, si que fueron introducidos en el senado y discutidas sus propuestas con seriedad y contrastar de pareceres. Por un lado se veía con inquietud el futuro de las operaciones en África (se sabia de los preparativos que tanto Magòn como Aníbal en Italia realizaban para socorrer a su patria como las nuevas de la recluta que se llevaba a cabo en Carthago por medio de Hannòn para poner de nuevo en linea una fuerza de combate operativa) por otro lado tampoco se quería dejar concluir una guerra sin llegar a un resultado militarmente decisivo sobre los «pérfidos púnicos», finalmente se decidió permitir que el propio Escipiòn, a pie de campo, decidiese lo que considerase lo mas adecuado para los intereses de la república.

Cuando los enviados del senado comunicaron a Escipiòn que le había sido delegada, por decisión del senado, la responsabilidad de llegar o no a un acuerdo con los cartagineses se iniciaron de inmediato las conversaciones directas entre estos y el general romano. Escipiòn se inclinaba por la paz, y las condiciones para la misma no resultaban, a tenor de las circunstancias, del todo desfavorables: Que los cartagineses se comprometiesen a no reclutar en lo sucesivo mas mercenarios para sus ejércitos, que evacuarían Italia Magòn y Aníbal, que reducirían su flota de guerra a 30 navíos, que entregarían a todos los desertores, que pagarían 1.500 talentos de plata de indemnización, que reconocerían el reino de Masinissa y sus conquistas en Numidia y que no combatirían fuera de sus fronteras , las fosas púnicas, en África Esta serie de condiciones fueron aceptadas en el senado posiblemente sin mucha oposición, incluso el propio Aníbal, de haber estado allí, las habría refrendado. Ahora, con un senado dominado por el partido terrateniente, se veía con satisfacción el compromiso que posiblemente en poco zahería sus propios intereses y que en verdad tampoco resultaba muy gravoso. El tratado fue pues aceptado y enviados los compromisarios correspondientes a Roma para ratificar ante el senado lo acordado, sin embargo no todo estaba ganado, en Carthago, como en toda gran ciudad de la época en sus circunstancias, el partido belicista se encontraba ya desbocado y posiblemente en manos de demagogos de uno y otro cariz, la plebe, incapaz por naturaleza de valorar racionalmente los acontecimientos, era presa fácil de los cabecillas populares de turno entre los cuales seguramente encontraríamos a los jefes de la flota y a los restos del partido de Asdrùbal Giscòn y otros exaltados, el senado entonces que sin duda contenía con dificultad a la plebe y la opinión publica esperaba acontecimientos y la ratificación definitiva de los acuerdos para poner al estado y al pueblo púnico ante los hechos consumados.

Por aquel entonces, en la propia Carthago, la paz de compromiso recientemente concertada con los romanos y a punto de refrendarse se fue al traste estrepitosamente tras una serie de despropósitos. En primer lugar (sin duda la presencia en Carthago de las tropas del ejercito de Magon ayudaron a encender un poco los ánimos belicistas de los màs), encontraron los agitadores una válvula de escape para la presión contenida de la plebe cuando una gran flota de transportes romana, sacudida por una tormenta, fue a dar en su mayor parte ante las mismas narices de la capital púnica, los cartagineses en masa se lanzaron a la captura de todos los mercantes que andaban errantes o habían embarrancado por las costas cercanas, capturando y aprisionando así mismo a todas sus tripulaciones, sin duda el mando de la flota, partidario de la guerra, tuvo mucho que ver en esta descontrolada e irresponsable acción. El senado, que no pudo evitar este malicioso comportamiento de la plebe y del mando naval, hizo ver las consecuencias de lo sucedido siendo entonces respondido y rechazado por el sentir popular de que lo que se había realizado era lo correcto en vista de la actual situación.

Tras las nuevas de la fechoría púnica, Escipiòn trato de serenar los ánimos enviando una embajada a Carthago para exigir una satisfacción por los bienes saqueados en plena tregua, los embajadores romanos,L. Servilio, L. Bebió y L. Fabio, adelantarían ademas la noticia de que la paz había sido ratificada en Roma, que por tanto se debía proceder al fin de las hostilidades y la aplicación de lo acordado. Tan pronto entraron en Carthago, los enviados romanos fueron llevados al senado y luego a la asamblea del pueblo, el tema central de las conversaciones publicas fue la compensación y reposición de los bienes saqueados a los mercaderes romanos. Ni que decir tiene que los legados romanos se comportaron seguramente con la arrogancia habitual, cosa que sirvió, no poco, a caldear mas los ánimos de los presentes, en el propio senado y el gobierno las dudas acerca de ratificar el tratado aumentaban, mas todavía ante la imposibilidad de cumplir con lo que se exigía de ellos, devolver lo confiscado (sobre todo los propios mercantes y sus cargas) era poco menos que imposible, ademas probablemente se sabia ya que Aníbal había conseguido desembarcar en África Toda esta serie de hechos empujaron finalmente a una facción de las autoridades de la ciudad a conspirar para provocar la reanudación hostilidades, sin embargo parece ser que abiertamente no podía hacerse, quizás buena parte del senado se oponía firmemente a la continuación de la guerra, por lo que decidieron provocar un cassus belli agrediendo directamente y a traicion a los embajadores romanos que todavía se encontraban entonces en Carthago. Dando entonces por terminada su mediación se despidió a los legados romanos y, para facilitarles un regreso seguro a su base, les permitieron hacer el viaje por mar hasta Castra Cornelia, seguramente escoltados por trirremes cartaginesas»leales» al senado (a los miembros del partido, digamos, pacifista), después de despacharlos, los conspiradores dieron el secreto encargo al jefe de la flota, y partidario de la guerra, Asdrùbal, para que interceptase y echase a pique los barcos en que viajaban los embajadores en cuanto la escolta dispuesta por el senado se retirase. El ataque se llevo a cabo según lo planeado pero el plan no salió bien del todo, los embajadores pudieron salvar la vida al poder escapar a tierra pero si que tras esta acción Escipiòn, evidentemente, rompió las conversaciones y reanudo las hostilidades de inmediato.

ANÍBAL DESEMBARCA EN LEPTIS MAGNA

Una vez desembarcadas sus fuerzas, Aníbal estableció su base de operaciones en la ciudad costera de Hadrumetum, comenzó entonces una frenética actividad, por un lado envió a parte de sus fuerzas en busca de suministros, caballos y refuerzos, por otro lado entablo una alianza con la tribu numida de los areàcidas y entre los muchos que ahora acudían a su lado separo el cartaginés a unos 4.000 jinetes que, perteneciendo antes a Sifax, se habían pasado a Masinissa y ahora se presentaban ante Aníbal para pasarse de nuevo a los cartagineses. Sospecho Aníbal de la fidelidad de estas tropas y resolvió eliminarlas de un golpe asesinando a la totalidad de estos auxiliares repartiendo entonces los caballos entre sus propias tropas. Acudió en este momento a su lado otro jefe tribal numida, Mesòtilo, con 1.000 jinetes, y también Vermina, hijo y heredero del reino de padre Sifax, reducido ahora tras la guerra con Masinissa, pero todavía extenso y poderoso, la alianza se debió sellar en ese momento pero lo cierto es que la ayuda del numida llegaría, desgraciadamente para Aníbal y su causa, demasiado tarde. Procuro ahora Aníbal atraerse hacia su lado a ciertas ciudades o fortalezas que, anexionadas al reino de Masinissa, interesaban al cartaginés por su situación estratégica. De esta forma algunas poblaciones se pasaron voluntariamente a los cartagineses y otras, como Narce (desconocida), fueron conquistadas a la fuerza o mediante estratagemas.

En vista de que la guerra se encendía, Aníbal, en su afán de reforzar sus heterogéneas fuerzas, hizo que el senado sobreseyese la condena de Asdrùbal Giscòn para de esta forma convencer a este de que le entregase las fuerzas de que disponía, así se hizo, estas se unieron a sus tropas y Giscòn regreso así a Carthago aunque prefirió mantenerse oculto a los ojos de sus conciudadanos al abrigo de los muros de su mansión.

Termino el año con los cartagineses volcando sus esperanzas en Aníbal y su ejercito y los romanos, con Escipiòn al frente, preparando con detenimiento la próxima y decisiva campaña del año 202 a.C.

 

 

Entradas Relacionadas